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Hace ya muchos años, me encontraba curioseando en una pequeña librería una serie de libros viejos, cuando en mis manos cayó uno cuya dedicatoria me llamó poderosamente la atención, tanto por lo enigmático como por lo fascinante de la misma. Decía escuetamente: "Al camello y al chivo (al "vehículo" y al "recipiente")... a los únicos vencedores del Sahara"...

Me quedé perplejo y reflexivo al mismo tiempo. En efecto, en una era donde los avances tecnológicos se suceden a velocidad de vértigo y son miles los ingenios que a diario nos sorprenden, el desierto sigue siendo una frontera "infranqueable", ajena a todo invento, en donde sólo las formas más ancestrales y primarias de vida (o de entender la misma) son capaces de sobrevivir. El libro se llamaba "Camelladas" y su autor un tal Théodore Monod.

Página tras página, quedé cautivado. Mi imaginación comenzó a explorar esos lugares recónditos y misteriosos. Entonces descubrí que alguien más compartía mi devoción y fantasía por el desierto en particular y las culturas arábigas en general. Los Tuaregs, los Bereberes, etc, comenzaron a ser parte de mi "imaginarium" de forma absoluta. Esta persona, Monod, era conocido como el "Loco del Desierto". Es quien mejor lo conoció y fue uno de los grandes sabios de este siglo.

En sucesivos viajes (de Mauritania a Israel, de Guinea a Sudán, a Argelia, al Chad...) Monod, cual enciclopedista del siglo XVIII, fue diversificando sus conocimientos en función de sus hallazgos: geológicos, botánicos, zoológicos, etnográficos, paleontológicos, etc.

Me acabo de enterar de su muerte y me he entristecido mucho. También a él se lo llevó el desierto del Sahara (término curioso éste, ya que "Sahara" significa "desierto" en lengua árabe). Era su ley.

En estos momentos evoco mis particulares incursiones en él, en buena parte guiado y estimulado por sus enseñanzas. No puedo evitar recordar mis sensaciones en Mauritania, allí en medio de la nada, camino de Noauchkott en ese camión desvencijado. Contemplando ese "oceáno" imponente de arena, a la vez liso, a la vez dibujado por dunas espectaculares.

Los amaneceres en El Khelah en Marruecos, preparando la salida desde el Atlas hacia su infinito. Las horas de inacabable trayecto entre Túnez y la frontera argelina. Los vaivenes de la ruta. De las arenas suaves del sur de Egipto a las rojizas del territorio Dogón de Mali.

Las de los hechiceros y las de los artesanos. Las arenas de los bambara. El tremendo calor, asfixiante.

Especialmente su noche. Estrellada. Inigualable. Muda. Inmensa.

Tuve al igual que él, la tremenda fortuna de contemplar caravanas de camellos (caravanserais) y poder compartir durante horas y a veces más de un día, la compañía de tribus nómadas, ya sean bereberes o tuaregs. Luego piensas, te cuestionas, si nuestras naciones son realmente un ejemplo. Realmente enriquecedor. De aprender la necesidad vital del agua.

Quería compartir lo que es experimentar la "soledad" y la "grandeosidad" de esas tierras, de su silencio, de su cultura ancestral y sabia. La sensación de libertad inigualable. El transitar bajo un sol de justicia en camello o dromedario, el comer de forma austera, como lo hacen desde hace cientos de años, generaciones que los precedieron.

Quería compartir estas pequeñas vivencias como un pequeño homenaje al "loco del Desierto" y al Sahara mismo. 

Hay cosas que uno no haría jamás en una iglesia, en una sinagoga, en una mezquita... El desierto es parecido: uno debe entrar en él con respeto, de puntillas... en silencio...

Sandro Castagnetto
10 de febrero del 2002