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Nunca se supo bien cómo fue, ni quién, ni tampoco el cuando, pero desde la hora de almuerzo comenzó a correr la bola, promovida por el CUL (Comando Unitario de Lucha). En un acto de espontaneísmo estudiantil 1º A se rehusaba ese día siquiera a dejar la clase del Chino (¿tan desesperados estábamos?), se negaba a abrir el libro de Historia del Perú, segundo año, de Teodulfo Burga Huamán, y mucho menos aceptaba la cruel imposición patronal de tener clase con sabe-Dios-como-se-llama (¿Zevallos, por casualidad?), mejor conocido por estos lares como Manguera, el de la voz gruesa, que hacía con la pedagogía exactamente lo opuesto de lo que su tocayo de apodo con la pelota de fútbol! Sonó la campana pero en lugar de salir se comenzaron a corear los primeros lemas revolucionarios: “¡NO QUEREMOS SALIR! ¡NO QUEREMOS SALIR!”. ¿Fue acaso por obligarnos a comentar la exposición de nuestros “compañeros”, en una serie de comentarios ripiescos que únicamente se detenían en la “soltura y fluidez” de los expositores (algo que en mi caso era simplemente imposible)? ¿Acaso alguien no había hecho la tarea? ¿O fue más bien por no haber aceptado vender el examen de turno? ¿Simple diversión? Averígüelo Vargas. Pero ni la más combativa plataforma de lucha pudo impedir que el Chino nos expulsara de su salón y nos hiciera emprender el camino hacia la clase de historia (que vergüenza, Dios mío), que quedaba en el viejo S 2, la segunda del bloque que daba al campo. Pero 1º A no se iba a dar por vencido con tanta rapidez, no Señor. Al llegar al salón donde nos esperaba Manguera, la combativa consigna volvió a surcar los aires: “¡NO QUEREMOS ENTRAR! ¡NO QUEREMOS ENTRAR! ¡NO QUEREMOS ENTRAR! ¡NO QUEREMOS ENTRAR!”, repetida tantas veces antes de claudicar ante el poder (?) de la patronal y entrar a clase, derrotados pero no vencidos, que para cuando por fin ocupamos nuestras carpetas y mientras el Profe (de alguna forma hay que llamarlo) nos pedía explicaciones, la campana sonó y pudimos salir, por fin libres, a casa a descansar.
Javier
Flores |