ARTICULOS |
En un aparato de televisión Sony de grandes dimensiones, las imágenes de la final de la liga nipona de baseball se reflejan en las pupilas de los casuales espectadores. Están totalmente absortos por el desenlace del partido. No puede ser más emocionante. Los "Fukuoka Mariners" y los "Sapporo Samurais" empatan a 4 en el último inning. Todo por decidir en la última entrada. Los rostros de los improvisados espectadores denotan el nerviosismo, la tensión. Sudor frío, alguna vena resalta su curso ante un grito de pasión. De pronto, la imagen de la emisión comienza a desaparecer. Destellos. Otra vez vuelve la imagen nítida, para luego volver a desaparecer. Unas inoportunas líneas aparecen como invitados no deseados en medio de la pantalla. Gritos de desaprobación entre la galería. Incluso alguno golpea el lateral del aparato. Todo es inútil. No hay nada que ellos puedan hacer para devolver las imágenes a su estado original. Allí fuera el cielo se ha oscurecido más aún. Las nubes ocultan la silueta de la luna y su pálida luz. La línea que divide el cielo tenebroso del mar se hace invisible. Imperceptible. Comienza a llover. Un pavoroso rugido interrumpe las deliberaciones y discusiones de los técnicos y resto del personal. Es un alarido apocalíptico, como si se tratara del fin del mundo... Del mar, ahora embravecido, surge en toda su dimensión la horrible figura de "Tokachi", un monstruo de leyenda, un ser que sólo existía en las peores pesadillas de los niños, la parte oscura de la mitología japonesa. Esta horrenda criatura, de origen infernal, medía casi veinte metros de altura. Era una masa impregnada de furia. Tokachi era una especie de "poodle" gigante (peludo), mezclado con cartón... con un cuerno verde e infecto junto a su boca, en la cual se alojaban centenares de colmillos sedientos de energía eléctrica (por alguna extraña razón, estas criaturas devoraban centrales hidroeléctricas y termonucleares... todas localizadas en el archipiélago japonés...). En sus garras tremebundas, restos de lodo y otras criaturas marinas devoradas sin piedad. Restos del tendido eléctrico. Sus ojos amarillos, buscaban más fuentes de consumo. Otro alarido del "poodle" acartonado. Los allí reunidos, se lanzan despavoridos en todas las direcciones posibles. Presas del pánico, gritan, corren. Suplican por su suerte. Los ojos redondos de la impresión. Petrificados. Rostros rígidos y sudorosos. La secretaria, Akita Mifune, resbala en el peor momento y se dobla el tobillo. Grita desconsolada. Tokachi está a punto de devorarla... pero de pronto surge la heroica figura de su novio, el Ing. Ahorita Lomato... (luciendo un espectacular peinado con gomina), que apropiándose de un inmenso "bunsen burner", intenta quemar a la criatura y salvar a su novia de las garras del engendro. Esto no hace más que aumentar la ira de Tokachi. Destruye el pabellón entero. Precisamente en aquel momento y alarmados por los movimientos sismológicos en el área de máxima seguridad nacional, hace su aparición en escena el ejército. Ni el poder de los tanques, ni sofisticados misiles, hacen mella en Tokachi. Incluso un ingenuo soldado se acerca más de la cuenta y dispara. La bala hace un extraño eco. Tokachi lo devora ante el espanto de las tropas. Todo parece perdido. Tokachi parece invencible. Tokachi devora también el generador. La humanidad está en peligro grave. Se vislumbra su destrucción masiva. Pero de pronto aparece Nikaka Keda, otro monstruo. Pero este es bueno, este pertenece al lado de la luz. Es de cartón, enorme. Se observa que va suspendido por cables que la luz del plató delata... Cuando abre las mandíbulas, cuidadosamente enganchadas con tornillos, brota de sus entrañas una humareda... como la producida por el hielo seco. Se enzarzan en una cruenta y terrible batalla. El ejército observa. Los golpes que se propinan son mortíferos. A Tokachi se le cae un brazo, los movimientos son en cámara lenta. Se desmonta el cartón. Una especie de pus se derrama de las extremidades y del abdomen. También se observa la sombra de las cámaras y el fondo paisajístico pintado burdamente. Gana el monstruo bueno y ganan las fuerzas del bien. Se ha hecho justicia divina. El monstruo malo y perverso huye despavorido (sin cola) y se hunde en el fondo del mar. Más humo acompaña esta escena. Más aullidos... los soldados lo celebran. Rostros sonrientes. La humanidad se ha salvado gracias a Nikaka Keda. Viva!!! Este es el típico argumento de estas entrañables "b-series" de bajo presupuesto y patética tecnología, que acompañaron durante años nuestras tardes sabatinas de la infancia. Eran malas a más no poder, pero a fe que nos divertían. Vibrábamos con ellas, Sufríamos. Reíamos. Sobretodo cuando en algunos episodios, el desenlace sobrepasaba nuestras mayores expectativas. Nunca olvidaremos la serie en que un monstruo horrible, similar a un perro chusco, de aspecto desaliñado, se adentra en el bosque para saciar su sed de sangre. En medio del bosque, una casa. En ella se celebra una fiesta plena de alcohol y drogas. Música rock. Desenfreno total. Los invitados pasándolo bien. Riendo. Sin saber del terrible peligro que les acecha. Pero el monstruo, en el momento de atacar la casa rural, se apercibe de la música... y empieza a bailar!!! Lo absurdo y kafkaiano llevado a su máxima expresión. Nunca pude dar crédito suficiente a esa escena. Hoy es una de las que recuerdo con mayor cariño... Japón. Paradigma de la tecnología punta. Cuna de Akira Kurosawa y otros maestros. La tierra del sol naciente y de bravos "shogunes" y "samurais". Tierra de pagodas. Del teatro "no" y de los "kabukis". Tierra de geishas. Dominan la tecnología audiovisual en sus diferentes facetas, pero nunca pudieron hacer una buena película de monstruos. Gracias a Buda. Haberla hecho bien, hubiera significado destrozar parte de nuestra infancia. Que siempre viva en nuestros recuerdos las películas de "monstruos japoneses". Arigato.
Sandro
Castagnetto |