ARTICULOS

"Un día después de la creación del mundo, Mwömbo, Dios de todas las cosas, reunió a todos los animales. Uno a uno, fueron rindiéndole pleitesía. Llegado el turno de la jirafa, ésta le pidió que le concediera sabiduría. Y así lo hizo Mwömbo. Le concedió sabiduría. Por ello la jirafa sólo mira y escucha, mas no habla, ya que sólo las criaturas sabias son discretas y prudentes".

-Leyenda tradicional africana-

Me llamo Salif. Soy Tuareg. Mi pueblo es ancestral y orgulloso. Somos los amos del desierto. Incluso somos temidos. Nos conocen como los "hombres azules", ya que nuestra túnica o "bou-bou" es teñida con índigo, que al decolorar, tinta nuestra piel con este color. Llevamos siempre la "Cruz d´Agadez" como amuleto protector.

Mi nombre es Ammadou. Pertenezco a la etnia bambara. Nuestro pueblo está simbolizado por la "chiwara" (el antílope). Somos diestros escultores del metal y la madera. Somos hábiles artesanos textiles: nuestros trabajos se ven reflejados en el "bogolán" (tela de barro). Junto con el pueblo malinké, somos también músicos por excelencia. Dominamos la kora, el djembé y el balafón.

Me llamo Modibo Keita. Soy fulani (o "peul", como a nosotros nos agrada denominarnos). Somos un pueblo agricultor y también somos expertos pastores. Se nos reconoce por nuestros sombreros cónicos y por nuestros enormes pendientes y brazaletes de cobre y bronce. Nuestras mujeres son las más bellas. En nuestra próxima vida, nos uniremos con la naturaleza. Seremos el cebú o el cordero, o nos convertiremos en el "mijo" que nos alimenta.

Mi nombre es Tiendrebeogo. Soy pescador bozo. Somos los poseedores de los secretos del agua. Dice la leyenda, que si un pescador bozo perece ahogado, es por que no hizo caso a las enseñanzas de nuestros antepasados. Somos el hombre y el pez. Mi vida es el río y la "pinaza" (piragua). Cuando muera seré pez.

Me llamo Aboubacar. Soy un dogón. Mi país es mítico. Mi pueblo es legendario. Nuestra sabiduría se refleja en las máscaras "kanaga" e "imanana" (el ave y la serpiente), las cuales veneramos. Estas, junto con nuestros ancestros, constituyen el nexo entre la tierra y el cielo. Cada lugar, criatura, objeto o hecho dispone de vida propia y tiene un espíritu habitando en él. Nuestra cosmología está basada en una trinidad compuesta por Amma, Nommo y el chacal, los cuales reflejamos en el "binou" o totem.

Mi abuelo es un "hogón" (custodio de la sabiduría, religión y costumbres). Para mi familia es un gran orgullo. Actualmente, es el único miembro de nuestra nación, que participó en la última ceremonia "Sigui", que se celebra cada sesenta años. Esta ceremonia determina la armonía cósmica de nuestro pueblo.

Ha llovido torrencialmente toda la noche. Es Agosto y es época de lluvias. Estamos en la "falla" de Bandiagara, en el País Dogón. Es uno de los accidentes geográficos más espectaculares del planeta.

Esta lluvia alimenta la tierra, hace brotar el mijo, el arroz, el maíz, nutre la "gran cascada". También es cierto que el exceso de agua sólo hará que añadir dificultad y peligrosidad al recorrido. En la falla se encuentran salpicados entre las rocas, los diferentes poblados dogones: Sanga, Ireli, Nombori. Hay que caminar horas para acceder a ellos. Incluso hay tramos en los cuales hay que escalar, a veces asistidos por cuerdas. Es imprescindible la ayuda de guías y porteadores.

La tierra roja. Las piedras negras. La sabana verde. Preciosos contrastes. El ruido ensordecedor de la gran cascada. Te envuelve. El frenesí al cruzarla. Los poblados únicos en su estilo. Incomparables.

En la parte superior de los mismos y adheridos a la base de la montaña, se encuentran los antiguos poblados pigmeos. Aquellas aldeas donde habitaron los miembros de esta etnia histórica. Por encima de las aldeas están situadas sus espectaculares necrópolis. Aprovechando las gritas en la montaña, o perforando la roca directamente, creaban habitáculos para el reposo definitivo de sus ancestros. A cada "anillo" finalizado, se creaba uno en un nivel superior, así hasta la parte más alta.

Tengo once años. Estoy tumbado en la alfombra de mi habitación. Estoy leyendo relatos acerca de estas zonas del mundo y sus gentes. Mi imaginación vuela. Viaja hacia esos recónditos y misteriosos lugares. Cierro mis ojos y estoy allí.

Tengo cuarenta años. Estoy caminando por el poblado de Ireli. No doy crédito a tanta belleza, es impactante. Más de lo que leí alguna vez. Más de lo que imaginé cuando era niño. Abro mis ojos y estoy allí.

Es de noche. La luna se oculta tímidamente entre sus doncellas, las nubes. Un débil halo nos permite ver su reflejo sobre el agua. Estamos En la confluencia de los ríos Níger y Bani, aunque ambos ríos nunca se mezclan. En la piragua, el silencio es absoluto. Un silencio sólo quebrado por el apenas perceptible gemido del motor y el contacto de la madera con el agua.

Piragua y río haciéndose el amor, en un diálogo constante. Un diálogo de siglos.

Todos reflexionando sobre la magia del momento. Aún con los cánticos de los poblados resonando en nuestros oídos.

Adivinando en la espesura de la selva, las siluetas de los poblados. Algún destello de alguna fogata. La navegación invita al recogimiento, a pensar tantísimas cosas. A soñar...

Esta es la parte "interior" del viaje, el viaje paralelo, el de nuestro espíritu.

Aún con los rostros y las miradas de la gente en nuestras retinas. Su fotogenia. Su tremenda expresividad. Aquellos rostros inolvidables. Aquellas miradas sobrecogedoras, intensas, penetrantes.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. Ahora comprendo el por qué...

Sandro Castagnetto
21 de enero del 2002