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El
Verdadero
Travolta

 (A Chapi, Gallito y Chota, con profundo agradecimiento)

La agenda se presentaba recargada: partido de hockey el viernes en la tarde, gran juerga el sábado, partido de fútbol el domingo en la mañana, otro partido de hockey el domingo en la tarde... En ese momento nadie podía prever lo que pasaría. O tal vez si, pero a nadie le importaba. Total, éramos chiquillos y el cuerpo todavía jalaba. Y encima era 1978, quinto de media —¡quinto, Leivita!—  ya se acercaba a su fin y había que celebrar. O mejor, despedir. Seguro que ninguno de nosotros había oído hablar del Lester B. Pearson College antes (¿así se llamaba?), pero ahora todos lo conocíamos. Invitado a participar por don Reggie, a.k.a. Pinchbeck o Nariz de Semáforo, Termo se había ganado la beca para honra de la gloriosa XXVIII y había que agasajarlo.

Pero claro, el problema era ¿dónde? Porque (salvo por el Abuelo P., que votó en la Constituyente), éramos menores de edad y no entrábamos a (casi) ningún lado y ciertamente no en el número que se preveía para semejante hito histórico (avant la lettre y con [un nuevo] perdón de Axel). Fue entonces cuando Chapi, con la bonhomía que siempre le ha caracterizado, cometió la imprudencia de aceptar que fuese en su casa (hay quienes dicen que fue sugerencia suya). Total, sus padres estaban de viaje y él, alojado en casa de Chota, bien podía acoger a los baby-saurios (que todavía no éramos promos, ¿eh?). Desde Adán y Epimeteo, nadie se debe haber arrepentido tanto como el pobre Mike. “Si, mis viejos están de viaje, ¿por qué no? ¡Hagámoslo!”

El gran día llegó. Viernes, clase de lógica con Calavera Sonriente, terminada Partido de despedida con la OMA, empate. Y ¡por fin! sábado por la noche. La XXVIII (más transeúntes markhamianos como Juanito Nossar o el inefable Mongrut; ¿acaso estaba también el Troglo?) fueron llegando gradualmente, en mancha o solos, al departamento en la calle Chabrier, bien provistos de diversos derivados del azúcar, la uva, la cebada y demás frutos de la naturaleza, así como varias de esa combinaciones que por ese entonces hacían furor en Lima y que, valgan verdades, eran verdaderos ascos (¿alguien se acuerda del “Travolta”?). Lo que sucedió luego ha sido reconstruido a partir de diversas versiones, todas contradictorias entre sí, y ni los talentos combinados de Garrison, Bond, Poirot, Dupin, Holmes o F han podido llegar a establecer la verdad.

Cuentan los rumores que al principio todo estaba calmado. Si hasta la música era tranquila y algo misticona, ya que a Termo le encantaba “The Last Resort” de The Eagles (última canción del lado B de Hotel California), que se repetía una y otra vez en la cinta. Lo que siguió entonces fue una suerte de ritual iniciático que comenzaba cuando uno daba vueltas por la casa, de habitación en habitación, saboreando una bebida u otra, pero por algún extraño motivo el departamento gradualmente se fue viendo más grande de lo que era y se convertía en una suerte de laberinto casi a oscuras, donde había que detenerse en cada una de las estaciones a libar con los demás participantes en el rito. Mientras tanto, en el baño, algunos de los sacerdotes encabezados por el Zumo e Ilustre Celebrante Oficial se dedicaban a sahumar la casa con unas profusas emanaciones de cannabis sativa, razón por la cual nadie podía usarlo y a medida que se intensificaban los ritos y se daban más vueltas las cosas empezaban a ser cada vez más confusas, dejándose más manchas de vasos y botellas en mesas y demás muebles de madera, derramándose cada vez más las bebidas en pisos y alfombras... hasta que la oscuridad fue total. Algunos, ebrios de vaya uno a saber qué, agarraron una botella con agua coloreada que había en el baño y se la tomaron, comentando que se trataba del mejor whisky que jamás hubiesen tomado. Otros se caían por doquier sin que nadie los tocase, y otros más se dedicaban a “fertilizar” las plantas que la dueña de casa tanto adoraba con unas cantidades asombrosas de regurgitaciones.

Y finalmente, Osama cayó. Era la víctima propiciatoria necesaria para terminar el ritual re-generador (es un decir), por lo que los sacerdotes procedieron a llevarlo al altar en el baño, donde lo desnudaron hasta dejarlo en shorts (Osama lo niega vehementemente) y luego prepararon un pionono, enrollándolo en una alfombra, según algunos, en toallas, según otros, pero siempre siguiendo el manual de los momificadores de Paracas, para finalmente colocarlo en un lecho a esperar que Isis, Anubis, Eresh Kigal, Minos, Hades y Messmer (Otto para los eruditos) le trajeran de vuelta a la vida.Y era de esperar que también revivieran a Chapi, al borde del infarto dando vueltas por toda la casa, tratando de impedir lo ya inevitable y pensando en qué iba a pasar cuando regresaran de viaje los autores de sus días, en qué excusa inventar y si todavía estaría a tiempo de fugarse con el circo, unirse a la legión extranjera, o practicar puenting sin soga.

Afortunadamente todos, en realidad, ya estaban muertos y así fueron partiendo, en la misma forma en que habían llegado aunque no en el mismo estado. ¿Pero qué hacer con Osama, con Juanito y Mongrut, privados hasta el punto de haberse convertido en bienes inmuebles? La única opción era dejarlos durmiendo al cuidado de F, quien por esa gracia se ganó el sermón de la Sra. Shaw, que llamó justo después que Chota y Chapi hubiesen partido —fue un error responder, lo admito — y le hizo saber lo que pensaba de los adolescentes y escolares que tomaban demasiado alcohol y así pensaban ser adultos pero se equivocaban, sí, porque eso nada más demostraba inmadurez y hay que ver a lo que estamos llegando, etc. etc. etc., sermón que prosiguió ininterrumpidamente hasta que los dos Ches llegaron a su casa y tomaron la posta. El otro que se ganó fue Osama, quien despertaba a cada rato en la noche y se desmayaba de inmediato pensando estar en el infierno o en el mundo de los xenomorfos al ver a F leyendo.

Y al día siguiente había que jugar. El partido de la mañana fue memorable. Dicen que recién comenzado el primer tiempo corrieron la pelota para la punta derecha, Zico desbordó, llegó a la esquina y se tiró en el piso a dormir. Y ese fue el comienzo. En su informe, el árbitro se limitó a señalar que el equipo del Markham se había presentado en estado etílico. En la tarde, el partido en el Lima Cricket se jugó con la XXVIII quemando alcohol, y el resultado fue... <BLACKOUT>

Han pasado los años y la despedida de Termo ha devenido en uno de los recuerdos más queridos de todos los que estuvimos allí. Para los que lo vivimos fue todo muy divertido (salvo, supongo, para Michael, a quien le dejo el final de la crónica, ocurrido unos días más tarde). Debemos estar muy agradecidos por eso. Pero también porque nos permitió responder esa pregunta que tanto nos angustió durante todo el año, que tantos letreritos nos hizo colgar: saber quién era realmente el verdadero Travolta, (véase la fotografía adjunta).

Javier Flores
14 de marzo del 2003